5 de Junio, Día Internacional del Ambiente
Por Lic. Carlos E. Mora *
A las puertas de un nuevo 5 de junio, la crisis ambiental revela nuestro mayor defecto cognitivo, la insistencia de sostener una economía lineal en un planeta cuya naturaleza es circular.
Quitar, ocultar o desmerecer la importancia del medio ambiente de la agenda política, e incluso de los gabinetes ejecutivos, es dar lugar a la más variada complejidad de situaciones problemáticas futuras que podríamos imaginar.
Dicen que todo comienza por la educación en el hogar. Pero ¿cómo podremos aportar desde el hogar algo que nunca se aprendió, más allá de una pedagogía de buena voluntad? Como decía un viejo profesor en la universidad: «No hay nada más peligroso que mezclar voluntad con ignorancia». Cuando la ignorancia significa no tener el conocimiento apropiado para cuestiones específicas -que en el plano ambiental podríamos llamar simplemente «cuestiones básicas»- nos volvemos incapaces de comprender el manejo de magnitudes o la complejidad planetaria dada por múltiples factores.
Actualmente, la humanidad está dominada por un modo de pensamiento simple y lineal en una época cada vez más enmarañada. Esto genera respuestas escuetas e insuficientes a problemáticas profundas, complejas y multicausales.
No entendemos aún al planeta; quizá sea la codicia la que no lo permite, ansias de poder y una falta absoluta de límites a las ambiciones ante una moral endeble, que valida acciones éticas cada vez más irrelevantes.
Esta desconexión nace también en la palabra. Confundimos términos y les damos distintas acepciones, al extremo de no comprendernos hablando un mismo idioma.
«Vivimos una fiesta frenética de obsolescencia programada, donde el éxito se mide por la velocidad con la que convertimos la naturaleza en mercancía y la mercancía en basura».
Habitamos una misma lengua pero mundos semánticos distintos; diluimos los conceptos básicos y solapamos definiciones divergentes hasta vaciarlas de sentido. Mientras la crisis ambiental se bifurca en realidades complejas, nuestro lenguaje se fragmenta en debates estériles. Esta parálisis verbal y aislamiento conceptual es nuestro mayor peligro, mientras gastamos el tiempo discutiendo definiciones en una línea de tiempo estática, la emergencia climática avanza y se ramifica a una velocidad que nuestras palabras ya no logran alcanzar. El diálogo global sobre el territorio está roto en su base, atrapándonos en un monólogo colectivo economicista que impide estructurar respuestas sistémicas.
Mientras tanto, habitamos nuestra propia versión de «El jardín de las delicias», un escenario donde la distracción, el consumo desmedido y el caos se camuflan bajo falsos paraísos. Nos ahogamos en debates de conceptos vacíos, ignorando que las bifurcaciones de este jardín surrealista ya están conectadas directamente con el panel de nuestro propio infierno. Hemos convertido el planeta en un gran mercado flotante donde el consumo descontrolado se disfraza de progreso. En este festín insaciable de la economía lineal, devoramos recursos a un ritmo ciego, atraídos por el brillo de placeres efímeros y mercancías desechables.
Pensamos en línea recta mientras los problemas crecen como raíces, intentando resolver con lógica unidireccional desafíos que se expanden en múltiples dimensiones.
Las falsas delicias de la sobreproducción y el descarte no son más que el prólogo material de nuestro propio infierno ecológico, un paisaje de residuos y colapso climático donde ya no habrá nada que consumir. No es una crisis abstracta; es la bifurcación física de un sistema económico insostenible que transforma la biosfera viva en un desierto de residuos tóxicos, asfixiando el futuro bajo el peso de nuestros propios desechos. Vivimos una fiesta frenética de obsolescencia programada y acumulación ciega, donde el éxito se mide por la velocidad con la que convertimos la naturaleza en mercancía y la mercancía en basura.
Nos creímos los dueños de un paraíso inagotable, pero la línea recta de nuestra economía consumista choca de frente con los límites de un planeta finito. Detrás del delirio del consumo masivo, las costuras del territorio ya se han roto, revelando que el precio de nuestros excesos se paga con la extinción de los ecosistemas.
…otro día más en la vida de un pequeño Planeta en la inmensidad de la Galaxia.
*Carlos E. Mora es Licenciado en Gestión Ambiental, egresado de la Universidad CAECE y ex docente de dicha institución durante más de una década. Dedica su labor profesional a la docencia en todos los niveles educativos y se especializa en la educación ambiental crítica, promoviendo el pensamiento sistémico frente a las problemáticas complejas del territorio.












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